domingo, 1 de junio de 2008

La democratización de la cultura amenaza a las élites

Leer a intelectuales como Muñoz Molina o Javier Marías nos pone a cada uno en nuestro sitio. Suerte contar con ellos. Ubicándose en la cúspide de la alta sociedad pensante (la que cobra por pensar y termina pensando que por esto mismo son los únicos que lo hacen, o que lo hacen bien), sufren con poco aguante la distinción que existe entre ellos y la masa. Lo han manifestado en numerosas ocasiones (Muñoz Molina se quejaba hace tres años del efecto terrible que el festejo de los eventos culturales emblemáticos tenía para la élite. Ponía como ejemplo el aniversario de El Quijote, pues fomentaba que "cualquiera" pudiese incordiar teniendo acceso a la vulgarización de una obra magna, que sólo las mentes preclaras podían apreciar en su justa medida).



Hoy es Javier Marías, compañero en la cumbre de lo exquisito, quien nos regala su airada crítica (suplemento EPS)en contra de lo común, ejemplificado en lo molesto que resulta el turismo para quien viaja movido por unos fines siempre más excelsos y siempre en condición privilegiada por saberse aclimatar a la ciudad de destino sin, por supuesto, ser confundido con un anónimo y desagradable visitante.

No sé qué es lo que me causa más risa, si comprobar la seriedad con la que el elevado autor se siente completamente al margen de la humanidad (está él y luego está el mundo), sin darse cuenta de que es el ojo del que mira quien cambia la perspectiva del cuadro (¿o a caso es perfectamente diferenciable su noble estampa de la de cualquier de nosotros cuando un italiano, austriaco, francés o checo eche un vistazo al conjunto de seres humanos que ocupan la calles de su ciudad?), o la desfachatez con la que descalifica a los demás, englobados en el grupo de quienes no somos él. Curiosamente cualquiera de estas personas alimentamos su despensa cuando leemos sus artículos en el diario o cuando compramos sus libros. Qué espectacular resulta cuando alguien acomete la tarea de quedar en ridículo amparado por la impunidad de muchos años de perder visión o, como se dice en el ámbito de la actividad física, "propiocepción".

Me quedo con las divertidas frases de Marías cuando va posicionándose a favor de un mundo dividido entre él y los demás:

[...] En Venecia no hacía vida de turista, sino de residente: me asimilé a las personas que me acogían amablemente. [...]


[...] Los forasteros que pisaban Venecia [...]


En este particular grupo de escogidos, que realizan viajes legítimos, frente al burdo turismo de los demás, tiene la gentileza de incorporar a algún amigo bendecido por esta nobleza que él asigna a los trabajadores del verbo:

[...] A Manuel Rodríguez Rivero le recomendaron en Praga que no intentara atravesar el famoso Puente de Carlos después de las siete de la mañana ni antes de las diez de la noche, porque las masas se lo impedirían. [...]

(qué curioso que esta sea la misma recomendación que nos dan a los turistas, que curiosamente, también intentamos huir de los demás visitantes).


Luego vienen las referencias feas a sus compañeros de especie, e incluso lectores:

[...] rebaños turísticos de gran torpeza [...]

[...] los cuadros tapados por incontables cabezas –que no siempre cerebros–[...]

[...] los edificios pisoteados por las manadas [...]

[...] casi todas estas greyes no desean ver nada, están sólo preocupadas de hacerse fotos estúpidas con sus estúpidos móviles [...]



Está claro que Javier Marías forma parte de este grupo de escritores a los que la democratización de la cultura no les ha aportado mucho bien (si exceptuamos la ventaja de poder contar con un buen número de lectores, gracias a que la sucias manos de las greyes pueden hoyar las páginas de los libros-editados-en-serie), y prefieren que el estatus de pensador les aporte una exclusividad que elimine de su entorno el contacto con los demás mortales.

Poco ahonda Marías en la psicología humana pues lo que le ocurre es muy normal (sintiéndolo mucho, incluso vulgar), ya que uno tiende a considerarse diferente de la marabunta, y obviamente la perspectiva de cada ser humano suele ser egocentrista. La única diferencia respecto a la propia perspectiva de nuestro divertido autor es que los demás llegamos a asumir y aceptar el sesgo de nuestra mirada, pero quien como él pierde el hábito de mirarse en un espejo neutral, acaba por asimilarse a la madrastra de Blancanieves (qué símil tan coloquial, qué poco apropiado).

Menos mal que la naturaleza humana no admite demasiadas sorpresas y solemos airear nosotros mismos la causa de nuestros más hondos y secretos traumas. Marías también lo hace en este artículo cuando nos regala una explicación honesta:

[...] estar hoy en cualquier parte está al alcance del más cenutrio. Viajar a los lugares ‘imprescindibles’ no distingue, sino que vulgariza”. [...]


Ay, amigo escritor. Lo que les ocurre a ustedes es que en su noble ocupación andan buscando esta distinción que otros amenazan si reproducen determinadas actitudes. Pesa más esta amenaza contra el propio estatus que el reconocimiento de su ocupación alimenticia, pues agrede contra su propia tribuna y trono:

[...] Sólo cabe ir a lugares que aún no sean turísticos, aunque eso está cada vez más difícil por culpa de suplementos como este o El Viajero del mismo diario [...]


Menos mal que finaliza amenazando con una información útil:

[...]me callaré el nombre de esa ciudad, por si acaso algún día decido irme a vivir a ella.[...]


Aunque realmente le agradeceríamos si nos desvelara el nombre de la ciudad escogida, ya que de este modo, podremos evitar acudir allí, no vaya a ser que nos lo encontremos. A muchos, los intelectuales que ejercen, nos estropean la foto.

1 comentarios:

Isabel María G. Herranz dijo...

Ja ja, muy bueno Marta.

A seguir así.

Saludos.